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Enero 2017

201701_enero-impresionistaSe me congelaron las lágrimas muy cerca de un árbol del que cuelgan los nombres de mujeres muertas, en la base de la fuente del gran cruce de caminos, en un momento de frío extremo que recorría mis venas y todas las vuestras.

Sois demasiadas en tan poco tiempo. Sois demasiadas. Incluso una es demasiadas.

Matilde, Estefanía, Toñi, Blanca, María Ángeles, Virginia…. sus morados lugares residen en el mío, se balancean de las fauces de mis ramas y entrecortan el vaho que exuda mi alma.

En la plaza fueron naciendo brotes de protesta, gritos y consignas hasta que su nombre adoptó otras formas. En la plaza en que se insufla la conciencia al paseante, la vida y la muerte se dan la mano y las efigies de los oficios os miran, perpetuas, estampadas en la Historia, esculpidas en metal, como vuestros recuerdos.

Y este frío que trae enero los ha convertido en estatuas de hielo, interrumpe el brotar del agua y cristaliza un pequeño mar de preguntas que nunca obtendrán respuesta.

Cuando amanezca de nuevo y las palomas chapoteen otra vez en mis orillas, alguien colgará en mi árbol, de brazos retorcidos, vuestros lugares, más lugares, más nombres, más lágrimas, más cerca y más lejos.

Y aunque tímidos rayos deshagan mis estalactitas, seguiré congelada.

 

Mayo 2016

TAC MERIKO_

No dejaré que mayo desaparezca del todo de nuestra memoria sin dejarle un epitafio.

Mayo es nuestra alma, la agonía del invierno y el amanecer a medida. El instante en el que suena el despertador y los juguetes que poblaban el silencio a oscuras de los pasillos se duermen, deprisa y corriendo, recuperando el lugar y la postura en que los dejaron la noche antes.

Mayo es la bandada de mariposas que nos entra por la boca y revolotea en el estómago, el minuto de explosión en el que los añicos recorren los confines del Universo, la cucharilla que hace saltar las gotas del café y rebosar el vaso.

Mayo, ese ser inanimado que lo pone todo en marcha y me dibuja signos de interrogación flotando en el aire, por las calles, los parques, sobre las farolas amarillas en la noche y las cabezas de mi gente.

Mayo nos llena de promesas que serán insatisfechas, de emociones a medio camino e ilusiones que irán desmayando. Y se zafa de nuestro abrazo a la primera de cambio, abandonándonos en el desierto, pero es tan prometedor que nos cuesta tupir la boca mirándole y no somos capaces de volver la mirada.

Mayo, hijo de Venus y Marte, señor y dueño de todas las cosas, artífice de la Naturaleza, efigie de la belleza y director de su danza.

Mayo, con sus artistas colgando de barras de aluminio, atisbando el cielo con ojos entrecerrados, absorto en su propia seducción, caminando de puntillas sobre el borde de una cuerda no suficientemente tensa.

Mayo, que lleva en su viento papelinas de colores, humo y acordes, conversaciones de terraza y risas de madrugada.

Mayo se enreda en sus flores y raíces y deja correr el rumor del agua más allá de los puentes.

 

Abril 2016

201604_MANIFESTACIÓN LAUKI

Todo está roto. El cielo, el suelo, el mes de abril, que se fue lleno de aire y agua, aplastándonos con su lluvia los paraguas de colores.

Solía reconocerme a mí misma. Dejémosle irse, que él sea él y yo vuelva a ser yo, al refugio de esta lluvia de males contra los que me protestan por las calles los cientos de familias que se ven en ellas, en los reflejos de sus charcos, semblante entre rabia, lucha y tristeza.

Dejémosle irse, gris y vestido de cenizas, quemando empresas y dejándolo todo al viento, a su capricho doloroso y su vacío sobre la taza de café de cada mañana.

Luces y sombras en sus treinta mañanas, algunas cuajadas de masas al saludo de la mano real, otras flotando en la crecida del río sobre el vuelo rasante de los patos, de puntillas en el muro de contención junto a la caseta del puente.

Las barcas, boca abajo, los remos flotando, precariamente sujetos a los cascos. El agua turbia, el alma más.

Idas y venidas bajo las ramas que gotean al tiempo que florecen, ausentes.

Y llueve de nuevo, esparciendo gotas de incontrolable fuerza que derriban las flores de sus recién estrenados tronos, amasando los pétalos en el asfalto.

Todo se rompe. La esperanza, las expectativas, lo que creíamos seguro, lo que no podíamos imaginar, por bueno y por malo.

Ansúrez se crece, pañuelo al cuello, predicando a la plaza el todo pasa y todo queda que nadie se detiene a escuchar.

Llevamos prisa. Buscamos infructuosamente una primavera que se esconde en el revoltijo de flores húmedas aplastado en los alcorques. La buscamos y no está.

Y llueve de nuevo. Y las calles se llenan de nuevo. Contra las alambradas, contra las pérdidas, contra los veredictos. Y la primavera se escapa.

Todo se rompe y yo me miro y quisiera conocerme.

 

 

 

 

Marzo 2016

201603_MARZO.jpgMe dicen que una niña siria intenta, miles de kilómetros al Este, abrir la verja que la separa de la libertad con un cuchillo de plástico.

La imagen, enternecedora, desgarradora, real como la vida y descorazonadora como la tragedia, ronda por esas palomas mensajeras del siglo veintiuno que llaman redes sociales y que, a veces, se posan en la misma Plaza Mayor en la que me preparan las gradas para que los fieles vean pasar las imágenes de Semana Santa.

Este año, la niña con el cuchillo de plástico se sobrepone a los cristos y vírgenes, a las genuflexiones y trompetas, a los cofrades de colores y al cartel de Valladolid, ciudad contra el racismo, también de colores, encumbrado al balcón de mi Casa Consistorial poco antes que la bandera negra, roja y amarilla, que llora a otros muertos.

“Todos los humanos somos igual extranjeros”, dice el texto de Fernando Savater que se lee en castellano, árabe y búlgaro, “porque todos venimos de donde no sabemos y vamos hacia lo desconocido”.

“Todos somos huéspedes los unos de los otros durante la vida que compartimos y nos debemos la ley de la hospitalidad, que es la base de cualquier civilización digna de ese nombre”, dice Savater.

Y Zahra sigue intentando cortar la valla con su cuchillo de plástico.

Se supone que la primavera estalla, pero ni siquiera se deja sentir. Un viento helado nos recorre desde el cielo al suelo y agita aquel manto de tristeza y todos los otros, cuyos significados no llego a entender, pero amanecen a media asta.

En algún rincón de la Plaza, en los pocos ratos que asoma el sol, sorprendo a una pareja que lanza el objetivo de una cámara contra la fachada, y mantiene el silencio unos segundos, para  estremecerse luego. Para darse un abrazo.

Y de repente, por un instante, de nuevo confío en la raza humana, en su capacidad para crear cosas con sus manos y su mente, que expone a lo largo de infinidad de puestos en la Acera de Recoletos, martilleando bloques de piedra, tallando en la madera, cosiendo los zapatos de cuero. Crear y no destruir. Abrir y no cerrar. Soñar y no dormir.

Los cascos de los caballos, vestidos de boato, retumbando en las aceras, se dirigen al desfile, envarados los jinetes, y yo los sigo de puntillas, asomándome en cada esquina a la que dan la vuelta.

Y Zahra intenta cortar la valla con su cuchillo de plástico.

Febrero 2016

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Temporal en el Paseo Isabel la Católica.fto Henar Sastre

Temporal en el Paseo Isabel la Católica. Foto Henar Sastre

Como el cielo me escuchó el mes pasado y no le gustó que se le juzgue sin defensa, negándose a sentencia por anticipado, decidió darme la espalda y ha ido jugando con febrero como un trilero, levantando ahora el cubilete bajo el que asoma un sol despampanante y luego aquel otro del que escapa un vendaval propio de la caja de Pandora.

Sus dedos son más rápidos que nuestros pies y nos vuelve los paraguas para después dejarnos ver la luz y, un poco más tarde, sin que nos haya dado tiempo a reponernos e intentar acertar la siguiente jugada, envía agua como si no hubiera un mañana, salpicando de gotitas alargadas, disparadas, acristaladas, las fotografías.

Su mudanza nos contagió la chifladura y enterramos la sardina casi a ritmo de breakdance, rap y capoeira, congeladas, eso sí, las extremidades, y bailoteando de puntillas para recuperar la circulación perdida.

Mientras, en ámbitos más juiciosos, a lo largo de una mesa interminable y tan vacía, se sentaban todas las partes intentando ponerle orden a mi fisonomía, buscando la aguja y el hilo que, como se ha escrito hasta el agotamiento, consiguieran reparar la cicatriz que el tren me siembra por en medio desde que me alcanza la memoria.

Rascándose los bolsillos y tanteándose las chaquetas, entendido que tantos años de vacas flacas no permitían cumplir los planes que otros trazaron, convinieron, finalmente, en pedir prórroga e ir reescribiendo, poco a poco, mi futuro.

Se despliegan nuevos planos, se repiensan las ideas, se buscan las soluciones, intentando arrancar compromisos más allá de aquello a lo que los más pujantes están dispuestos y parece inexorable.

Al otro lado de las vías, sin embargo, los niños se siguen asomando entre los barrotes, atisbando hacia este lado, imaginando cómo sería todo si allí en medio, en lugar de raíles, hubiera hierba y pudieran recuperar los balones que saltaron la verja con demasiado impulso, mientras sus mayores se apuestan a las puertas de las reuniones, las manos enguantadas, sujetando carteles en los que piden paso.

Y yo suspiro.

Pero mi febrero comenzó mucho antes, con Otelo en el Calderón, policías y bomberos estrenando flota y una pléyade de fotógrafos aficionados buscando la imagen de la igualdad por mis esquinas.

Los vecinos aficionados al teatro recibían entre aplausos sus diplomas al tiempo que otros tomaban el micrófono en asamblea de barrio y las diseñadoras locales lucían en pasarelas lejanas lo mejor de su fantasía.

Después, la Plaza Mayor se me llenó de ciclistas encomendados a la memoria de quienes les fueron arrancados en algún extremo de una ronda, y, como anudando su fuerza a esa conmoción, el viento volvió a soplar fuerte, escapando de debajo de aquel cubilete que habíamos perdido de vista durante un segundo.

No me han faltado polémicas artificiales subidas a lomos de un pájaro azul que ni siquiera conozco, abanderadas por unos contra otros en busca de inquietantes intereses y con escasa respuesta, ni nuevos candados sellando amores supuestamente eternos en las barandillas de los puentes. Y el río crecía, marrón, y de nuevo se hacía pequeño y claro, ajeno a las llaves que encerraban para siempre los sentimientos.

Al anochecer, los edificios recuperan sus luces de colores que, me he ido dando cuenta, simbolizan lo que sienten las personas. A veces, lo que defienden, a veces, de lo que huyen, y otras, lo que quisieran. Oscurece tan temprano en estos días de invierno. Están mis calles tan vacías tan temprano. Tan temprano.

Y yo suspiro.

Enero 2016

201601_PALACIO REALNo sé hasta qué punto será cierto o transcurrido el tiempo comprobaremos que fueron solo especulaciones alumbradas por un par de meses especialmente benévolos, pero algún meteorólogo ha dicho estos días que en pocos años, Sevilla heredará el clima de Marruecos, Madrid el de Sevilla y yo el de Madrid.

Adiós a mis heladas, mis chupiteles, mis gorriones escarchados dando saltitos enloquecidos. Y mi leyenda de crudos inviernos echada a perder.

Mis gentes solo se han encogido bajo parcas y bufandas un par de jornadas, y, sin darme cuenta, ya termina enero.

De este lado de la ventana del Palacio Real apenas se nota, pero afuera, eso sí, el día que se tomó esta foto, el viento azotaba la fachada de San Pablo y se colaba por algún resquicio soplando levemente la cortina.

Entre estos muros, en otros tiempos, la realeza, y quién sabe si el propio Napoleón Bonaparte durante la Guerra de la Independencia, atisbaban la plaza, al abrigo de sus alfombras y tapices, suspirando ante la aspereza de mis días, encogidos de hombros, tanto por la estampa desarropada de las calles como por la indiferencia ante quienes la sufrían más allá del cristal.

Yo diría que muchas cosas han cambiado desde entonces en las fachadas de los nobles edificios, en sus balcones e intestinos, donde ha nacido otra forma de mirar a la calle, con menos desgana e indolencia.

Porque ha sido la calle la que se ha revuelto contra los balcones, levantando la mirada, airada y exigente, peleona, tomando escaleras y pasillos, obligando a abrir las puertas y rasgando las ventanas.

Ha sido la calle la que ha decidido escribir su propia historia, encaramada al futuro, desalojando sillones y dando empujones, plantando banderas de colores que nunca se quisieron, trastocando las costumbres y escandalizando a algunos, que aún se resisten arañando el suelo, arrastrándose a su marcha.

Este año par, que hasta hoy parecía recién nacido, verá anidar a los nuevos avatares, poco a poco, acurrucándose y haciéndose hueco sin ruido, ocupando los lugares que dejan otros, moviendo apaciblemente en círculos sus enormes traseros como abuelas encajándose en el exiguo espacio entre dos asientos de autobús. Y pausadamente se van aposentando, hasta que en breve no recordemos cómo era todo cuando no estaban ahí.

Suave, pero firmemente, cambia el clima, evoluciona la vida, se metamorfosea el mundo, y yo, recia ciudad castellana, me voy desperezando. Salgo, en un invierno que ya no es como los de antes, de mi ensimismamiento y me miro al espejo, extrañada, buscándome y sintiéndome otra.

Mañana, al mirarme al espejo de nuevo, me pintaré los labios de bermellón, me soltaré el pelo y le daré un codazo a Bonaparte, cuya sombra aún sigue asomada a aquella ventana, mirando San Pablo, para sacarle de su ensoñación.

Napoleón, querido, ya nada es lo que era.

Abril 2015

201504_SEMANA SANTAEn un suspiro se me fue el tren, y regresó al poco, vomitando a borbotones entre helada y helada. Una y otra vez, trayéndome y llevándose. Traficando con nuestras emociones, mientras en la estación, los rincones iban cambiando de luz.

Se me fueron también las mañanas de niebla de febrero en el puente de hierro que hace poco cumplía siglo y medio, callado y discreto sobre el Pisuerga, impasible al fluir de vehículos por su vena en único sentido. El puente colgante, que así le llaman, se aferra ahora, desde hace un tiempo, a la incomprensible sombra de una torre, de oro, pero sin alma, en la que sólo vive un reloj, parsimonioso, dándole la hora al lecho del río.

Mientras su amenazante estampa se erguía entre los bordes de las oscuras ramas peladas, las calles se me llenaron de carnavalescos colores y endiabladas pandillas cuyas charangas no alcancé a comprender, por más que me esforzara.

Iban disfrazados de cosas que deben verse en televisión. Y yo, pobre de mí, no tengo.

Cuando menos lo esperaba, el año de rima fácil me sorprendió con cantos de pájaros y flores tempranas, para luego, mezquino él, despertarme de nuevo temblando en el lecho, azotándome con su torbellino de papeles, como en aquella escena de American Beauty.

Y por fin fui despabilando de nuevo hasta encontrarme las calles tomadas una vez más por mantones y copetes. En una silla de madera, por primera vez en muchos años bajo un sol espléndido y con una temperatura casi veraniega, se sentaba una mujer vestida de gris perla.

Las medias grises, la falda del mismo color, dejando asomar un centímetro de puntilla y las manos enguantadas en negro, cruzadas en el regazo, sujetando un mínimo bolso apenas plano, el índice y el corazón de la derecha trufados de un rosario de cristales negros y azules.

El crucifijo vuelto de cara, como mirándola, esperando sus oraciones, y los cánticos apesadumbrados flotando en el aire, dibujando la escena de la Semana Santa de mi denominación de origen en la que todo era grave, sensato y circunspecto.

Pero aparté la mirada y la dejé navegar a toda vela en la mañana, sin embargo, enredando por las esquinas del centro, zigzagueando sobre mí misma y extendiendo la estampa, y así encontré, a cambio, a los pies de otras túnicas grises con capuchas negras, dos vestiditos de menor envergadura bajo rubias y lisas melenas adornadas con lazo negro, haciendo volar las borlas a sus espaldas, incapaces de la austeridad y el decoro.

No sé deciros si a sus piruetas acompañaba algún adusto gesto adulto, pero ensimismadas como estaban, apostando si podían auparse la una a la otra, no lo habrían advertido. Ajenas al respetuoso entorno y epicentro de su propio juego, su alegría también revolotea en mis calles, incluso en esos momentos de reflexión y trascendencia.

Ellas, que saltan sobre sus botitas, probablemente medio ajenas al lugar en que se encuentran y sin comprender del todo por qué van vestidas de esa manera, igual que las niñas que desfilan al altar en mayo, transforman mi perspectiva y han convertido mi abril en una acuarela de más tonalidades.

Ahora, los matices de la gama de grises ya no me parecen tristones y los reflejos de la luz que va predominando me dibujan hermosa, derecha a la primavera, que tiene que estar por romper del todo. No lo dudéis.

Enero 2015

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201501_ENERO ESTACIÓNEnero de dos mil quince. No me preguntes cómo llegué hasta aquí. No sabría decirte. Durante siglos he dormido un sueño letal inexplicable y de repente, desperté ahora hace un año, resistiéndome a seguir en silencio, para sincerarme contigo, virtualmente, que es esta palabra que usan ahora para explicar cómo se llega a otros sin llegar de verdad.

Mientras te cuento esto, observo mi piel marchita, de ciudad antigua, falta de agua, pero rica en escalofríos, porque avanzado el mes, el primero del año, me siento más vieja, tremendamente vieja; tremendamente cómplice de mí misma y ausente de los demás, y para colmo, a temperaturas bajo cero.

No sé si me entiendes. No sé si soy capaz de expresarte mi desolación del seis de enero por la tarde, cuando en la Estación del Norte se agolpan las maletas, bolsos y mochilas de quienes, ansiosos por quedarse, tienen que irse.

Esos hijos míos. Tal vez nietos. Esos, finalmente, vecinos míos que se me escapan, como el agua en una cesta, por más que cierre los dedos y apriete las palmas, intentando sostenerlos, ampararlos en mis entrañas para que sigan con nosotros.

Cuando los regalos comienzan a perder sus lazos de colores y los niños olvidan la ilusión de la noche antes, sentados sobre sus talones, escondiéndose entre las cortinas que dibujaron los portales frente a los que brillaban, fugazmente, las toscas zapatillas, jugando con sus juguetes, probando sus consolas, dibujando en sus cuadernos.

Cuando los mayores se preparan para iniciar el arduo año nuevo y los ancianos regresan a las estancias de las que los sacaron para cenar. Cuando las luces de Navidad tienen los días contados sobre las calles y mis seres más queridos toman chocolate con churros para celebrar mi aniversario.

Cuando las uvas empiezan a arrugarse y vestirse de marrón para terminar en la basura, porque fueron excedentes de una noche de vino y rosas.

Cuando el vacío, ese ser inane que lo domina todo cuando terminan las fiestas, se hace poderoso y dueño de nuestras almas, la mía y las de mis ciudadanos, entonces la Estación del Norte se llena, en cambio, de trenes que engullen a mis gentes como gargantúas.

En sus miradas, la desolación del exilio, el vaporoso destino hacia fuera y miles de preguntas que se resumen en un porqué.

Porque no hay, porque no nos queda. Porque cuando el vacío de este después desemboca en el vacío de ahora, no tienen dónde quedarse ni dónde poder crecer, y los silencios a sus demandas los van enterrando en otro silencio más oscuro del que se ven impelidos a escapar.

Buscan fuera lo que yo no les doy. Se esparcen por el mundo, poniendo sus tubos de pasta de dientes en otros estantes, acomodando sus almohadas en otras alcobas, asomándose a otras ventanas, desayunando a solas, lejos de vosotros, echándoos de menos. Tanto.

Ajustarán sus despertadores de nuevo para la primavera, o cuando sus estudios o trabajos en aquellos lugares les permitan regresar. Para levantarse y de nuevo hacer la maleta y regresar entre vosotros, a esta misma estación que hoy cubre la niebla.

Y esta tarde, cuando aún están calientes sus camas en vuestras casas, nos dejan, doloridos, desarraigados, sollozando bajito, sólo cuando las puertas del tren se cierren y ya no podáis verlos.

Y allá van, volviendo la cabeza sobre sus hombros, agitando la mano, como a cámara lenta, fotografiando en sus pupilas, para el recuerdo, proyectos de lágrimas y desolaciones. Diciendo adiós. Hasta pronto.

Diciembre 2014

Belen en la Garita del Palacio Real.fto Henar SastreMe cuesta despedirte como se despide a esos buenos amigos que se van para siempre, con desgarro, con una sensación de falta irreparable que no podrán consolar los saludos a distancia, las fotografías ni los recuerdos, por nítidos que sean.

Me dices adiós y hasta los faroles parpadean, hasta la imagen aérea que imagino y nunca podré ver de mí misma desde el cielo, sembrada de esplendorosos caminos de luminarias bajo los que se mueven enjambres, se desdibuja, temblorosa, viéndote marchar.

Te disuelves en minutos, dentro de pocas horas, como un azucarillo en las aguas de mis fuentes, como el vaho que desprenden las cálidas bocanadas de mis vecinos, azotados bajo gorros y bufandas por un viento helado que siembra tu pérdida, y nunca sabré qué será de ti, qué dejarás a quienes no te han conocido, qué se recordará de nosotros, de la comunión nuestra, con el tiempo. ¿Qué fue de Valladolid en 2014?… dime.

La Navidad, más allá de los atestados comercios y los caldeados bares donde los desconocidos llegan a brindarse mutuamente y felicitarse lo que haga falta, me deja un Belén en cada esquina, un árbol gigantesco en la plaza y otro Nacimiento en un rincón en el que casi nadie se fija, frente a la esplendorosa fachada de San Pablo.

La garita del Palacio Real ha recuperado la vida que hace tiempo que perdió. Lo habitan ahora otros reyes, sobre sus camellos, a los que, curiosamente, guían dos estrellas, desde el cielo y el subsuelo. Me cuentan que lo ha instalado un coronel al que llaman “el páter”, un religioso que ha batido el récord de misiones internacionales y ha pasado muchas navidades lejos, incluso el cambio de siglo en Mostar, brindando con güisqui y la televisión española en un hangar en el que había pocas mujeres con las que bailar.

Ahora, con una escrupulosidad entrañable, coloca las figuritas en ese rincón en el que los quintos dejaron de anidar antes de que se acabara la mili de reemplazo, relevados por las alarmas, cámaras y detectores detrás de los que, sin embargo, hay alguien las veinticuatro horas del día.

Pero entonces, cuando el servicio militar era obligatorio, cuando a los quintos se les enviaba lejos de casa y se les mantenía en los cuarteles a finales de diciembre, extrañando a los suyos, y en ocasiones llorándose discos de música con ecos del sur, la patrulla que rondaba de puesto en puesto llevaba turrón y champán a los que hacían guardia.

La garita, refugio de soldados vigía, cobijo de pensamientos en las novias que esperan en casa, en la madre que lava la ropa el fin de semana o el padre que cuenta que su mili era más dura y más fría; la garita, que ha visto los relevos de guardia de finales de otro siglo, llenos de uniformes de época y bigotes que llegaban del cuartel de San Quintín, es ahora el camino que lleva al pesebre, por el que avanzan, eternamente, los camellos.

La garita, testigo silencioso y reverente de idas y venidas de reyes, de fiestas de las Fuerzas Armadas, de aquellas patrullas nocturnas de turrón, es ahora la imagen de la bienvenida, de la ceremonia de una entrega a mis calles de aquellas estancias prohibidas, de la entrada de otra Navidad en el Palacio, que habitan ahora menos tristezas y más arte, dispuesto a todos.

La garita, de la que, cuando los soldados salieron, se perdió la llave y cuya cerradura desmontó “el páter” para poder instalar su Belén de estrellas y flores de pascua, me susurra sus recuerdos de jóvenes reclutas sufriendo el frío polar de estas fechas, vestidos con mil capas de ropa de mucho peso y poco abrigo.

Aún los evoca, en las noches eternas en soledad, mirando al infinito, encendiendo una pipa, a pesar de la prohibición de fumar, para mantenerla prendida en el bolsillo del chaquetón y conservar, al menos, una mano caliente. Los retiene susurrando canciones, para ahuyentar por igual el aburrimiento y los malos pensamientos, a veces las ganas de sollozar.

Porque las garitas, como muchos de mis rincones, de los ángulos oscuros de mis iglesias, como los ojos de los puentes y los recovecos de algunas calles peatonales lejos de las luces de colores, como las esquinas en las que se despiden los amantes, guardan recuerdos interiores, marcas de los que han estado en ellas, fechas y nombres de novias y de ciudades grabadas en la cal de la pared con el machete o la navaja.

Como los baños de los institutos donde se grafitean flechas y corazones y se esculpen en bolígrafo números de teléfono y nombres propios, las garitas documentan el paso del tiempo y de las horas muertas. Y la del Belén del páter, frente a San Pablo y la sede de la Diputación, asiste, congelada, al discurso del tráfico, al devenir de las noches y los días, y ve llegar el año nuevo y cómo te vas, 2014, para no volver.

Pero a las seis de la tarde, en invierno, las que sí vuelven, sobrevolando la garita, son las cigüeñas de sus comederos en el páramo. Ya no hay soldados de guardia para mirarlas, pero las siguen con el rabillo del ojo los camellos de los reyes, manteniendo siempre el paso en el camino que nunca llega al portal.

(Gracias, por sus inestimables recuerdos, a Joaquín)

Noviembre 2014

201411_NOVIEMBRE

Estas.
Son estas las mujeres que a principios de mes vinieron a barrer y limpiar mis lápidas, las de todos nosotros.

Estas son las mujeres que apenas recibieron educación, más allá que la enseñanza de la obligación de cuidar a sus mayores, sus niños, sus casas, sus cementerios.

Estas son las que nos han traído hasta donde estamos, las que doblaron nuestros embozos, las que se ocuparon de nuestros enfermos, dándoles vasos de agua con manos temblorosas, esperando cualquier cosa, las que les administraron las medicinas y les ofrecieron su mano por las noches, cuando tiritaban de fiebre, sentadas apenas al borde de la cama, sin permitirse cerrar los ojos siquiera, primero en sus casas y luego en los hospitales.

Estas fueron las mujeres que lavaron a mano nuestros pañales, las que recogieron nuestros vómitos, jugaron con nosotros a las tabas y nos enseñaron a leer, pasando la yema del dedo índice sobre palabras impresas que apenas reconocían.

Las que cocinaban en esos peroles gigantescos y pasaban la mañana dándole vueltas con la cuchara de madera, con el delantal lleno de grasa, o tal vez recién lavado, y tendían al sol, y escuchaban los diez mandamientos sobrecogidas.

Estas son las mujeres que construyeron, desde su generosidad, nuestra imperfección social, soportándola, dándole todo sin saber casi nada más que lo importante, las que nunca pisaron moquetas, pero que con sus puños, primero tersos y luego ajados, se pusieron de rodillas para fregar, escurriendo trapos en barreños de plástico, los suelos de terrazo.

Estas son las mujeres que acariciaron las cabezas de nuestros pequeños, las que se levantaron de la cama cuando escuchaban el llanto que nadie más oía, para consolar y alimentar, para cantar muy bajito hasta que conciliábamos el sueño.

Las que sufrían cuando no llegaban a tiempo, las que aguardaban cuando no llegábamos, las que esperaban, eternamente, cuando se las dejaba solas.

Estas son las mujeres que lloraron en el silencio más desgarrador y nos guardaron los secretos, las que consideraron que todo era lo que debía ser y escucharon el tañer de las campanas, las que nunca soñaron, porque no supieron que tenían derecho.

Estas son las mujeres que me dan género como ciudad, las que ni siquiera saben, ni entendieron jamás el significado del día de la mujer, ni del día de la mujer trabajadora, ni del día contra la violencia sobre la mujer.

Pero son estas, ellas, y muchas como ellas, las que han hecho posible que estemos aquí, vosotros y yo, con mis calles, mis plazas, mis farolas, mis árboles y mi río.

Y después de ellas, llegasteis vosotras, las que sabéis ponerme nombre. No sólo a mí, sino a todo lo que nos rodea. También cocináis, soportáis y os medís cada día con el resto del mundo. Se os exige todo y se os permite poco. Todavía.

Cuando alguien os concede una gracia, tenéis que ser agradecidas. Cuando se os ensalza os ponéis en guardia y cuando se os ataca lucháis por no bajar la mirada.

Vosotras seréis mañana, aún, las tesoreras del mundo, digan lo que digan. Transportáis la antorcha de la dignidad y mejoráis la raza humana. Y aún, en lamentables ocasiones, se os pone en duda, aún se os vilipendia, se os desprecia y se os humilla, pero vosotras seréis.

Vosotras sois. Y todavía quedan quienes no distinguen la grandeza de ellas y las vuestras.